Por Luis Ventura
Cuando la noticia que Verónica Ojeda y su hijito Diego Fernando ya estaban instalados en México junto al insólito Diego Armando Maradona, casi no hubo grandes sorprendidos. Algo previsible, casi anunciado.
El entrenador de Dorados de Sinaloa se había quedado solo por la ruptura de pareja con la joven y bella Rocío Oliva, y era claro que el ex capitán de la selección argentina de fútbol terminaba sin compañía afectiva en su desafío azteca.
Nadie lo sabía mejor que Diego y antes de viajar al Distrito Federal levantó el teléfono y llamó a esa mujer que en los últimos años había condenado inexplicablemente por reclamarle que se había olvidado de su hijo menor, al que estuvo 2 años sin ver ni visitar, y le pidió volver a verlos.
“Vero, estoy solo y no me siento bien. Me gustaría que me traigas a Dieguito y que ustedes se queden unos días conmigo...”, fueron las palabras y el mensaje de ese guerrero de mil batallas que no siempre fueron airosas. La última, la batalla del amor lo dejó mal herido, y nadie lo sabía mejor que él.
Ojeda había dicho muchas veces que el amor de ella hacia él se había agotado y terminado. Nadie lo olvidó. Pero una vez más, la cabeza le ganó al corazón. La madre pudo mucho más que la esposa despechada y Verónica desplegó las velas de sus sentimientos y se fue a conquistar el bienestar de su hijo.
Nada debería sorprender, porque de la misma manera que Maradona denunció y mandó a detener a Rocío Oliva, a quien luego liberó para seguir viviendo en pareja, hoy se reinventa junto a esta Verónica Ojeda, que fue 9 años su pareja para luego ser castigada, y hoy convertirse en la nueva, ¿o vieja?, esposa.
No busques racionalidad ni lógica. Maradona es sanguíneo y pasional y buscar entenderlo costaría mucho y sería imposible. Lo único real es que hoy Diego, Verónica y Dieguito volvieron a ser una familia… unida… ¿unida?